“El poema vidente”, de José Domingo Gómez Rojas

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De día en día el recuerdo de nuestro poeta se hace más claro y diáfano. Han pasado ya tres años desde el instante de su muerte y ellos nos han traído un abigarrado bagaje de sensaciones y de pensamientos. Sometidos a continua revisión sus versos triunfan del análisis y se anidan en nuestra alma hecha a su arrullo peregrino. Por momentos nos parece que han sido rehechos, que han surgido nuevamente de una garganta ignota y que tienen de las cosas recién nacidas el balbuceo y el regocijo. Pero la renovada maravilla nació con ellos y en sus carnes vive. Gómez Rojas supo hacer de su obra la que nunca muere, la que permanece y se agiganta. Los hombres que latieron ayer en su sollozo, de cierto se traspasan hoy con su angustia y mañana se sentirán arrebatados por sus efluvios de alegría.

Raúl Silva Castro. “Domingo Gómez Rojas”, en Claridad, Vol. 4 Núm. 107 (29/09/1923).

José Domingo Gómez Rojas nace un 4 de agosto de 1896. Estudia en la Escuela Superior n° 9 de Hombres. En 1908 publica Rebeldías líricas y viaja a Mendoza junto a Ángel Fernández, anarquista español. Escribe en diversos medios culturales, tanto libertarios como literarios. Exploró la dramaturgia y compartió amistad con los jóvenes Manuel Rojas, José Santos González Vera, Antonio Acevedo Hernández, quienes posteriormente a su muerte conservaron la memoria del poeta en sus manuscritos. Conocido también como “Chumingo” o “Poeta-cohete”, obtuvo fama por sus proclamas y arengas callejeras. Al comenzar la década del ’20, es parte de la sección chilena de la I.W.W. y participa de la Asamblea de Alimentación Nacional y de la Primera Convención Estudiantil. Es detenido y acusado de agitador el 25 de julio. En prisión es torturado, cayendo en trastornos psicológicos en septiembre de 1920. Es enviado a la Casa de Orates, donde fallece un 29 de septiembre. El 1° de octubre es enterrado, siendo el cortejo una apoteosis popular.


“El poema vidente” es una obra inconclusa del poeta José Domingo Gómez Rojas. Aparece dentro de la compilación adjunta a la edición de 1940 de Rebeldías Líricas (Ercilla, 1940), a cargo de Andrés Sabella.

EL POEMA VIDENTE

El dolor que increpa su horóscopo a los astros…
Dejando florescencias de sangre van los rastros
de las razas humanas. A través de los siglos
en las leyendas se alzan fantásticos vestigios
que en el cordaje enorme de su enorme crispatura
han hecho sollozar su llanto de amargura
a las generaciones, (mientras los océanos,
presintiendo latencias de otros mundos lejanos
cantan la sinfonía de las olas.) Suprema
es la amargura augusta de las razas, poema
que se ha escrito con el ritmo de largos estertores
en la gran apoteosis de todos los dolores
y todos los martirios. (En el vasto planeta
decora las tragedias el sol con su paleta
de los siete colores, artífice, su norma
es dar a toda cosa color, ritmo, forma.)

Un dolor milenario pesa como un estigma
en las almas humanas. El misterioso enigma
de las mitologías impreca los arcanos
de la vida en los dioses; y los dioses humanos
cantan la exaltación de su origen divino
confrontando la esencia del ser1. Por las entrañas
de la tierra penetran su nervio las montañas
que muestran a los hombres las simbólicas cumbres:
y no entienden el símbolo las ciegas muchedumbres;
las ciegas muchedumbres van llorando un éxodo
a través de los tiempos; gestadas por el lodo
no saben del camino donde hubieron su huella
y por mirar el lodo no miran las estrellas.

Las estrellas que trazan en planos infinitos
los verdaderos cultos, los verdaderos ritos;
las estrellas que son cual lámparas votivas
de un templo; las estrellas, pupilas pensativas
que miran en silencio con mirada que escruta
de todos los misterios supremos, la ancha ruta.
Y van las muchedumbres. Cruzan por la leyenda
a través de los siglos; infinita es la senda.

Y van las muchedumbres anónimas; su llanto
repercute en lo hondo de la historia; entretanto
por sobre las tragedias que desgarran los músculos
de las razas, prosiguen auroras y crepúsculos
con las isocronías, monótonas, macabras,
gestando otro himno enorme, sin ritmo ni palabras,
ritmo de Eternidad; los hombres no lo entienden:
es el ritmo siniestro. Por los antros esplenden
los astros sus elipsis. Una extraña armonía
hace vibrar las frondas consteladas … Un día
el dolor de las razas y de las muchedumbres
pondrá estremecimiento de partos en las cumbres
y hará vibrar las ondas de todos los océanos
y en las repercusiones por los mundos lejanos
conmoverá así el arpa de las constelaciones:
azotará sus potros la cuadriga del viento
y en himnos augúrales de magnas redenciones
serán ortos de luz un nuevo advenimiento!

Pasan las muchedumbres y sus sangrantes testas
nunca se levantarán en gestos de protestas
y pasan cual rebaños; sólo de vez en cuando
vibra un grito rebelde, que se va desgarrando
sobre la enorme llaga del dolor y se abraza,
convulsionando todas las penas de la raza.

1. En el original, el poeta hizo una marca que señala, indudablemente, en que falta el verso que conjuga con el anterior y para mayor orientación ha escrito las palabras “el camino”. Nosotros, nos limitamos a darlo según consta en el cuadernillo aludido. Este poema no ha sido publicado en otras ediciones (nota de Andrés Sabella en Rebeldías líricas, Santiago de Chile, Ercilla, 1940).

 


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