Recuerdos de Georg F. Nicolai, médico y pensador humanitarista

Galería anarquista

(Nota escrita por Diego Abad de Santillán en 1964, conmemorando la muerte de Georg Nicolai)

Al núcleo no muy numeroso, pero fiel, de los amigos de Georg Friedrich Nicolai, nos ha dolido la conspiración del silencio que se hizo en los últimos decenios en torno a su nombre y a su obra, y nos ha dolido, no por motivos de amistad, sino porque fue efectivamente uno de los pensadores más notables de su tiempo y disponía de un arsenal de ideas y reflexiones que habrían hecho mucho bien a las nuevas generaciones para orientarse y hallar la ruta de un mundo mejor.

Se extinguió la vida del investigador científico, del biólogo, del sociólogo, del filósofo, del humanista, en Santiago de Chile, en octubre de 1964, a los noventa años, la mitad de los cuales transcurrieron en la Argentina y Chile. Es difícil trazar en pocas líneas la biografía de este hombre, amigo de Platón, pero más amigo de la verdad, que lo ha sacrificado todo a su independencia de carácter y a su deber para consigo mismo, para con la propia conciencia y su sentido de la libertad de pensamiento.

El fisiólogo y el cardiólogo

En las universidades de Königsberg, Berlín, París, Heidelberg y Leipzig, siguió los cursos de fisiología con las celebridades de su tiempo, L. Hermann, E. Du Bois Reymond, Charles Richet, N. Zuntz y se graduó en medicina en 1900; luego realizó estudios zoológicos y trabajó con Edward Hering en Heidelberg, con Wilhelm Engelmann en Berlín para ahondar en la fisiología de los sentidos. Inició su carrera docente en 1908, famoso ya por sus trabajos sobre el corazón. Durante seis meses trabajó en el Instituto de Medicina Experimental de I. P. Pavlov en San Petersburgo y también en la estación zoológica de Nápoles, donde instaló un laboratorio electrofisiológico. En 1910 fue designado director del laboratorio de investigación fisiológica de Berlín y profesor extraordinario de patología experimental en la universidad. Dirigió la Asociación para la investigación científica de los ejercicios corporales e instaló al efecto un laboratorio en el Stadium municipal de Charlottenburg. La cardiología moderna, el electrocardiograma, fueron algunos de los resultados prácticos de sus investigaciones.

La primera guerra mundial

La guerra de 1914-1918 puso término a sus trabajos científicos en Alemania. No era Nicolai el científico puro que se abstrae de la vida circundante y de sus condiciones. Todo lo humano entraba en el círculo de su interés. Médico del emperador y de la emperatriz, consultado por los grandes de Europa, no rehuía la vinculación cordial con hombres de la categoría de Albert Einstein o del filósofo libertario Gustav Landauer. Cuando noventa y tres sabios alemanes se declararon en un manifiesto célebre al mundo de la cultura, solidarios con el militarismo prusiano y el imperialismo alemán, Nicolai redactó un contramanifiesto dirigido a los europeos, en defensa de la verdad, de una Europa unida, de la cultura verdadera y libre. Lo hizo llegar a todos los firmantes de la adhesión a la política imperial, pero ninguno se atrevió a solidarizarse con el ilustre fisiólogo. Sin embargo, allí estamparon su firma Albert Einstein y el doctor Bück, que salvaron así el honor de la ciencia alemana, aunque sacrificaron con ello su porvenir en la propia patria.

Nicolai no quiso quedarse con los brazos cruzados y no vaciló en expresarse en todos los ambientes accesibles contra el crimen de la guerra europea. En 1916 fue encerrado en la fortaleza de Graudenz, en la misma celda en que había sido encarcelado Fritz Reuter. En los ocios de la prisión, con la ayuda de su memoria extraordinaria, se puso a escribir un libro sobre la unidad de Europa y sobre la oposición irreductible entre la guerra y la cultura. Fue la Biología de la guerra, subtitulada Consideraciones de un naturalista alemán. Todavía en plena guerra se hizo una edición clandestina de ese trabajo, que elogiaron unánimemente los hombres más eminentes, entre ellos Romain Rolland. Sin duda alguna, ni se había escrito hasta allí una obra tan densa en doctrina, tan erudita y tan constructiva sobre el anacronismo de la guerra.

En América del Sur

Con la Biología de la guerra tuvo que cortar su vinculación con la Alemania nacionalista y en 1922 fue contratado por la Universidad de Córdoba para dictar la cátedra de fisiología, cargo que desempeñó hasta 1927. Por entonces quedó vacante la cátedra de sociología en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Nacional del Litoral y algo pudimos influir entonces en profesores y estudiantes amigos para que fuese contratado Nicolai. Nosotros conocíamos su calidad como sociólogo y pudimos asegurar de antemano que desde aquella cátedra habría de realizar una labor memorable. Simultáneamente dictó un curso en la Facultad de Medicina sobre Fisiología general. La obra Fundamentos reales de la sociología, que se publicó después en Chile, el ensayo Desarrollo del trabajo humano que publicamos en Buenos Aires en 1932, el titulado Población, El mundo físico y moral, La superioridad del hombre mediano, y muchos otros dispersos en publicaciones especiales, fueron el fruto de su paso por la cátedra de sociología en Rosario.

De su presencia en Córdoba ha dejado estudio de la talla de los tres tomos de La base biológica del relativismo científico, Los trabajos prácticos en fisiología, Biología general, una introducción teórica a la fisiología experimental, Consideraciones biológicas sobre la jornada de ocho horas, etc. se despidió de Córdoba un poco agriamente con el folleto Homenaje de despedida a la tradición de Córdoba docta y santa.

Cumplido su contrato en Rosario, hizo un viaje a Europa en 1931-1932; asistió a la vieja clínica Bechterev, en Rusia, y a un congreso psicotécnico en Alemania y permaneció nueve meses en España, dictando cursos en las universidades de Barcelona, Valencia y Madrid. De regreso en Buenos Aires, con su carácter poco inclinado a las relaciones humanas, poco tolerante con las jerarquías profesorales o burocráticas, dio una serie de conferencias sobre lo que había visto en Rusia, publicadas luego con el título de Rusia actual y futura, y quedó forzosamente inactivo. Fue entonces cuando resolvimos embarcar para España. Nicolai imaginaba que su amigo Augusto Pi y Suñer, profesor de fisiología de la Universidad de Barcelona, podría proporcionarle una ocupación provechosa para sus investigaciones. A punto de embarcar, recibió un telegrama de Santiago de Chile, en el que se le invitaba a dar allí una serie de conferencias. Como no tenía mayor prisa en llegar a España, donde no había todavía nada firme para él, suspendió el viaje con la promesa de volvernos a ver luego en Barcelona.

En Santiago dictó una cátedra de fisiología en la Escuela de Veterinaria de la Facultad de Agronomía, pero su magisterio a través de las conferencias, los folletos y libros ha sido constante casi hasta sus últimos días. De sus años en Chile quedan entre otros libros: Psicogénesis, una introducción a la psicología; La miseria de la dialéctica, Cómo un biólogo ve la filosofía, La seguridad científica, El “poema” de Don Quijote e incontables ensayos publicados en folleto o en revistas, Análisis del psicoanálisis, La Eugenesia, etc.

Si con Biología de la guerra tuvo que volver la espalda a la Alemania nacionalista y a sus cultores de todas las tendencias, con La miseria de dialéctica se cerró la puerta del sector literario y político marxista, y se convirtió en un hombre peligroso para los ciegos adeptos del psicoanálisis freudiano con su Análisis del psicoanálisis.

Nicolai y España

Desde 1933 nuestra labor en España nos impidió una relación epistolar con el admirado amigo. Por un tiempo esperamos su llegada a Barcelona, y lo mismo que él quedó pronto absorbido en Santiago de Chile, nosotros no pudimos pensar en otro asunto que no fuera España. A fines de 1939, con el peso de la derrota en nuestra guerra de 1936-1939, mientras regresábamos por las costas del Pacífico hacia Chile, tropezamos a bordo de una nave de pasajeros con Nicolai. Fue un encuentro jubiloso. El viejo amigo no ocultó su afección y su alegría. Pero no dejó tampoco de reprocharnos por no haberle invitado a llegar a España durante la sangrienta contienda. Él había deseado estar a nuestro lado y hablar desde allí por todos los medios a Europa y al mundo en defensa de nuestra causa y en defensa de la humanidad contra la hecatombe que preveía inevitable con la caída de España en manos del totalitarismo. Y repitió en más de una oportunidad el reproche: calculaba que habría podido sernos útil y había esperado que lo llamásemos. No supimos darle explicaciones. Todavía teníamos vivo el recuerdo de Carlos Roseelli, asesinado por los agentes de Mussolini en Francia, poco después de habernos opuesto a que viniese a luchar junto a nosotros…

Nicolai y los anarquistas

Nicolai no era anarquista, aunque concebía una sociedad futura en que la actual estructura social y política se aproximaría a las previsiones del socialismo libertario. Era un hombre de ciencia insobornable y llegaba a conclusiones que los anarquistas han difundido, sostenido y propagado más bien por intuición que como el resultado de estudios especiales. Tuvo desde su llegada a América del Sur la admiración, el respeto y el cariño leal de los anarquistas, y puede decirse que no ha tenido más amigos que ellos hasta el último instante. Dejemos constancia de ese hecho. Y este hombre que en el fondo era poco tratable y accesible para los grandes de la tierra, para los encaramados en los altos cargos, fue de una sencillez y de una cordialidad perfecta junto y en medio de nosotros, compartiendo nuestra mesa y nuestras hospitalidad y siempre dispuesto a ayudarnos con su pluma y su palabra.

Diego Abad de Santillán
Reconstruir revista libertaria(nov-dic n° 33, 1964)


Para adentrarse más a fondo en la vida y obra de Georg Nicolai, recomendamos la lectura del artículo del Sr. Felipe Cabello C. (Department of Microbiology and Immunology New York Medical College, U.S.A.) titulado “El gran europeo Georg Friedrich Nicolai: médico y pacifista” y publicado en la Revista Médica de Chile y disponible en la plataforma SciELO.


Próximamente, en nuestra colección Tiempos Ácratas:

Así, todo el trabajo humano puede ordenarse en una serie: en un extremo está el trabajo crea­dor y libre del hombre de ciencia, del artista, del estadista y de muchos otros que esperan poder conducir con sus esfuerzos espontáneos a la hu­manidad, o al menos a una parte de ella, hacia adelante, y que en su obra fructífera y progresista encuentran la satisfacción más sublime de su ín­timo ser.

En el otro extremo está el trabajo uniforme y forzado que el obrero y campesino deben cumplir por necesidad, y que, por su monotonía y re­lativamente poca utilidad, lejos de enaltecerlos, sólo los fatiga y embrutece; tal trabajo fue siem­pre un aburrimiento. […]

En este sentido y visto desde el punto de mi­ra de la evolución, se puede considerar que la pe­na, condicionada por las leyes de nuestro desarro­llo, era justa y legítima: el hombre debía pasar, primeramente, por el período del trabajo corporal, rudo y áspero, para lograr al final la posibilidad del trabajo verdaderamente humano que satisfa­ga a la curiosidad espiritual del hombre.

De esto hablaré en las páginas siguientes.

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