Cuadernos de Literatura: “Los Anarquistas y otros escritos” de José Santos González Vera

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Tras recibir el Premio Nacional de Literatura en el año 1950, José Santos González Vera fue objeto de duras críticas por parte de algunos de sus colegas escritores de la época. Entre los cisañeros argumentos se esgrimía que el autor de “Vidas mínimas”, no era merecedor de tal distinción pues no poseía los recursos literarios de otros grandes de las letras ni mucho una obra que destacara por su extensión. Lo cierto es que al mismísimo aludido muy poco le importaba transformarse en un Víctor Hugo o un Kafka, pues estaba muy consciente de sus limitaciones, siempre supo que su formación era más resultado del rigor de la calle que de la sutileza académica que recibían sólo algunos de sus más ácidos y privilegiados críticos en el Chile de comienzos del siglo XX. Muy poco debieron importarle las críticas de aquellos señores con rimbombantes nombres y de marcada ortodoxia literaria, si consideramos que desde muy temprano González Vera, adscribió a la enseñanza tolstoyana que advertía que la grandeza de los hombres de pluma pasaba por su capacidad de describir sus propios mundos, sus realidades, su gente y sus costumbres, aún cuan pequeñas éstas fueran: “Describe tu aldea y serás universal”. Esto le hacía comprender que la exclusividad de su labor como escritor, y su distancia con los elegantes hombres de letras, radicaba precisamente en describir en un tono muy honesto y sencillo los modos, las penas y las alegrías de vida de la gente humilde, del campo o la ciudad. Muchas veces se trataba de sus vivencias personales, de las cientos de interesantes y entretenidas historias propias, de alguien que transitó el sorprendente paso de niño trabajador en distintos oficios de muy precaria remuneración a funcionario del Departamento de Cooperación Intelectual de la Universidad de Chile.

Es este proceso de transformación en el cual influyeron los obreros ácratas, que González Vera reconoce en entrevistas, el que nos describe magistralmente en este texto llamado “Los Anarquistas”, publicado originalmente en la Revista Babel (1949) de la cual fue un permanente colaborador. En este artículo, González Vera nos pasea por el Santiago antiguo, donde era habitual tropezar con obreros anarquistas de viejo cuño como el zapatero Silva, quien tras leer a Kropotkin decide dejar sus vicios e invertir sus días en el autocultivo físico e intelectual o el español Francisco Rodríguez quien apelaba al pragmatismo de construir Sociedades de Resistencia y dejar atrás, según su criterio, las inútiles discusiones teóricas. Se trata de un sabroso registro de los rincones e ideas de los más apasionados exponentes del anarquismo local como de aquellos provenientes de las más diversas regiones del planeta. Sus protagonistas son panaderos, vendedores, peluqueros, carniceros, viajeros casuales, aventureros, soñadores, padres de familia y muchachos ávidos de ideas de redención social asiduos al Centro Francisco Ferrer y otros, ubicados en el sector definido por las avenidas Matta, San Diego y la Alameda, en pleno centro de Santiago. Son lugares en donde podían exponer sus ideas y admiración por pensadores como Malatesta, Tolstoi, Bakunin, Fauré y más. Entre líneas, el autor destaca la astuta estrategia utilizada por los obreros del cuero y el calzado para salir triunfantes de las huelgas, y la persecución de Julio Rebosio, a quien le busca el infaltable testaferro policial caracterizado por su fijación a la obediencia y la ley. Historias relatadas, claro está, con una ligera y saludable pizca de humor. Quien lea este artículo, no sólo comprenderá el carácter de los anarquistas en el Chile de comienzos del siglo XX, sino también la fortuna de González Vera de ser parte de una generación de obreros ilustrados de manera autodidacta, que impulsaron y desarrollaron en él un gusto por el conocimiento y la imaginación, así también la humanidad, rebeldía y alegría. De este modo, cualquier niño o joven, tal como el pequeño González Vera, por pobre que fuese, se transformaría en portador de una riqueza insospechada, tan insospechada que en su caso le llevó a ser un grande de la literatura chilena.

Un autor y un relato, “Los Anarquistas”, lleno de sensibilidad, esa que muy pocos tuvieron en una época marcada por los avatares y la desgracia de la pobreza, radicando allí la diferencia entre éste y aquéllos. Mientras algunos miraban a Europa como modelo a seguir, otros hicieron de la vida del conventillo, de los migrantes del campo a la ciudad, del infortunio de los pobres y la rutina del trabajador, una denuncia y una fuente inagotable de dramas y comedias. Todos estos elementos, sumados a la exquisitez descriptiva que le valió el pseudónimo de Chéjov del Mapocho, hacen de este escritor un referente reconocido y valorado hasta la actualidad. Muestra de aquello es que las nuevas generaciones de historiadores recurran frecuentemente a sus escritos para reconstruir episodios callados por la historia oficial.

Este fue y es, para nosotros, José Santos González Vera.

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